Revista especializada en delincuencia

72 horas en los calabozos

In Cárceles on junio 25, 2012 at 2:55 pm
César Ponce (Hoppes nº9)

Iván Parrillas se define como un joven dinámico, emprendedor (ostenta una pescadería) e independiente. Alivia su vida vertiginosa con caladas esporádicas que le han costado algún tormento en el pasado. Hace dos años (él tenía 22) pasó 72 horas en el calabozo, experiencia que le marcó su forma de pensar.

No escondía la marihuana, simplemente la guardaba en una caja de zapatos para intentar disimular el olor. “Era del campo de mi primo, para consumo propio o algún favor a un amigo”, confiesa con asombro al recordar lo ocurrido. Dos agentes se personaron en su casa con orden judicial y le acusaron de narcotraficante. Ahora ha vuelto al mismo domicilio, pero durante mucho tiempo no tuvo el valor de regresar, alejando su trauma en un piso junto a la playa o en la casa de sus padres.

Los calabozos de las comisarías, morada de 72 horas

“Hijo de puta, ¿por qué no has abierto la puerta?”, fueron las primeras palabras de la agente que se presentó en su domicilio con una orden judicial, a la vez que otro le forzaba para ponerle la brida. Fue un shock para alguien que se considera “honesto e inocente”. Le registraron la casa hasta arrancar la taza del váter y desenroscar la escoba o el recogedor en busca de cocaína. No encontraron más que la marihuana mencionada, un peso de cocina y una bolsa con anzuelos de pesca. Suficiente para partir a comisaría, ante el murmullo vecinal que se creó con el jaleo de tanto coche policial. “Yo siempre había respetado a los cuerpos de seguridad del estado, apoyando su papel en defensa del pueblo. Ahora mi visión ha cambiado, abusaron de su autoridad y lo veo sólo como un trabajo más”. Iván se muestra especialmente resentido con el papel de las mujeres: “No están acostumbradas a llevar pistola y abusan de ella y de su placa”.

Le llevaron a la comisaría nueva del centro de Alicante. “Yo sólo había estado allí para hacerme el DNI”. Le requisaron los objetos personales (2 portátiles y varios móviles, que tardaron meses en devolverle) y le interrogan. El pánico le envolvió cuando le comunican el paso por calabozos: “Pido llamar por teléfono, pero sólo me permiten darles un número para que ellos contacten con él”

Primero le acompañan a un calabozo común, donde esperó un par de horas. “Había unas 20 personas, la mayoría inmigrantes que hablaban en su idioma. Yo me acurruqué en una esquina y pensé por qué estaba allí y cuando podría salir”. Iván califica esa celda previa como “el matadero antes de clasificarte”. En unas horas había pasado de codearse en su empresa con gente de alto nivel a sentirse un delincuente.

Tras el fichado correspondiente, le condujeron a su madriguera durante las 72 horas siguientes. “Era un pasillo muy largo con unas 20 celdas sin contacto visual unas con otras. Cada compartimento tenía dos personas, o hasta tres como en el que acabé yo”. El sobresalto de lo ocurrido le había hecho olvidar el hambre, pero bien entrada la tarde se empezaba a notar no haber ingerido nada desde la mañana. “Les dije que no había comido, pero no me trajeron nada de comer ni de beber. Agua no hubo en todo el tiempo que estuve allí”. La cena de aquel día constó de cuatro galletas y un zumo. El menú del desayuno posterior no varió. Ni el de la comida…

Lo peor para Iván fueron las noches: “Es difícil dormir en 4-5 metros cuadrados de terrazo, con sólo un escalón que sirve de bancada. Te conducen a un cuarto para elegir al azar una esterilla y una manta, y las reciclan para el día siguiente. En el tiempo que estuve allí no vi a nadie que entrara en ese espacio a lavar o espolsar nada”. En pleno mes de Mayo ya aprieta el calor, “las mañanas son horribles, pero por las noches ponen el aire acondicionado y no hay más remedio que taparse, eso parece una nevera. Es casi imposible dormir”.

Historias tras los barrotes

Para Iván era su primera vez, pero la mayoría de gente que pasa por calabozos es reincidente: “Algunos lo prefieren antes que dormir en la calle”. Sus acompañantes de celda eran un narcotraficante marroquí y un madrileño cleptómano y con esquizofrenia al que Iván tuvo que inmovilizar en una crisis ante la falta de medicación. “Gritan, chillan, piden ir al médico. Yo me mantuve respetuoso, pero los funcionarios no hacen caso, por lo que los últimos días también grité e insulté, desesperado por el pánico y la impotencia”. Le llamó la atención la historia de un “chiquito” sudamericano que también pasó por su celda. “Le vendieron un móvil robado y se lo regaló a su made. Los dos acabaron en los calabozos. Él gritaba y la madre le respondía desconsolada desde el final del pasillo, en la celda reservada para mujeres. Fue el momento que más pena sentí, era injusto que estuvieran pasando por eso”.

El trato con los funcionarios es de lo que más llamó la atención de Iván: “La gente pedía desconsolada ir al aseo, pero sólo te permitían orinar dos veces al día. Nada de aguas mayores”. Los servicios estaban al fondo del pasillo, de aspecto “asqueroso”, con la puerta abierta y un retrete que no dejaban de vigilar. “He visto orinar en las celdas, y dar palos por hacerlo”.

Según fue pasando el tiempo, Iván fue asumiendo la situación, e incluso hubo algún momento gracioso y risueño que mitigara lo mucho que lloró de miedo. “No nos podíamos duchar, ni teníamos reloj, ni había iluminación. Era todo muy lúgubre”. Las 72 horas se eternizaron hasta que su nombre resonó en boca de un guardia, que le avisó de que era hora de ir a juzgados: “Yo me temía lo peor, no había tenido noticias de mi abogado y me veía en la cárcel”. Iván nunca olvidará el abrazo a su madre una vez acabó de testificar. “Lloré como un niño pequeño. Luego fui al aseo y a un bar a por un bocadillo. Llegué a apreciar algo tan poco valorado como la libertad”.

Pasados dos años, el juicio está pendiente y la causa apunto de archivarse. “Yo sé que soy inocente, aunque haya quedado fichado y la experiencia nunca se me olvide”. Cada vez que la cuenta siente ganas de gritar la “injusticia” que se cometió contra él y el mal trato que recibió “ahí dentro”. “Mi abogado me ha aconsejado que no me meta en eso y lo intente olvidar, es lo que hace la gente”.

Para más información…

Barrotes con olor a tabaco 

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