Revista especializada en delincuencia

“Son unos salvajes”

In Derechos Humanos on abril 24, 2012 at 8:20 pm

Escuela de Suzana (Unicef, Guinea-Bissau)

· Permanece el debate sobre si la mutilación es cuestión de identidad cultural o de Derechos Humanos
· El Derecho Penal en solitario no puede acabar con una tradición como la ablación que es crucial en la vida de algunas culturas africanas

ESTEBAN ORDÓÑEZ/ HOPPES Nº9

Detenidos los padres de una niña que sufrió la ablación. “Son unos salvajes”, musitarían muchos españoles mientras pasan la página del diario, tal vez un par de sumarios más tarde. Posiblemente sea una de las familias que antes de migrar rechazó mutilar a sus hijas. Casilda Velasco, matrona y voluntaria de Medicus Mundi Andalucía, conoce el proceso: “Las mujeres inmigrantes están aisladas socialmente e intentan reforzar su identidad cultural ante un medio hostil”. Esos padres, según la legislación española, serían condenados a una pena de prisión de seis a doce años. Sin embargo,como asegura la abogada MaríaCaterina La Barbera, “el Derecho Penal no puede reeducar si la población a la que se dirige no le encuentra sentido”.

La Barbera, investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, ha estudiado la negociación de identidad en los procesos migratorios y el enfrentamiento entre el derecho estatal y el derecho consuetudinario en caso de choque cultural. Algunos países africanos sufren vaivenes normativos: cíclicamente se prohíbe o se levanta el veto de la mutilación genital. En cambio, la costumbre ha permanecido pese a la ley. “Al venir a España estas poblaciones se encuentran con una prohibición que ya conocen y piensan que no tiene consecuencias, no obstante abandonar la práctica sí tiene para ellos unas graves repercusiones sociales”, reflexiona la abogada y Doctora en Derechos Humanos.
Cataluña diseñó un Protocolo de actuaciones para prevenir la mutilación genital femenina que prevé medidas como la retirada del pasaporte, con el fin de evitar el posible desplazamiento al país de origen para celebrar el ritual, y establece la revisión periódica de los genitales de las niñas en situación de riesgo. Un riesgo definido por el género y el país de origen. Adriana Kaplan, impulsora de proyectos de alternativas a la mutilación en Gambia, considera que el protocolo nace con buena intención pero que vulnera los derechos a la libre circulación y a la intimidad. La abogada del CSIC coincide con Kaplan y cree que el texto incurre en una discriminación étnica y de genero, y añade: “El enfoque es equivocado. Debemos preservar la salud de las mujeres y, a la vez, comprender su realidad cultural y respetar su derecho a la identidad”.

Una identidad controvertida
La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece en unos tres millones de niñas el impacto del ritual en al menos 28 países, 19 de ellos han promulgado la prohibición, aunque se sigue practicando clandestinamente. La prevalencia es alta, sin embargo describe una tendencia descendente. Los expertos coinciden en la dificultad de encontrar una raíz común. Existen justificaciones como la superstición de que el clítoris puede dañar al bebé en el parto o, simplemente, un medio para preservar la virginidad y la pureza. Mundo Cooperante desarrolla desde 2005 proyectos comunitarios en la región de Narok (Kenia). “Para el pueblo Masai, la práctica representa un ritual de transición a la edad adulta; es una creencia tan profunda que una niña no mutilada no puede casarse ni formar una familia. En mi opinión, la razón de fondo es el control de la sexualidad de la mujer”, arguye el Técnico de Proyectos de la ONG, Albán del Pino.
Pero las niñas quieren. Les ilusiona esa fiesta con regalos y esa mirada de madurez reciente que sucede a las mujeres rodeándola y al trozo de metal. “Nadie le cuenta a la menor, cuando tiene siete u ocho años, que eso le va a doler y a marcar para toda la vida. Luego sí, cuando es mayor se da cuenta de que para ser adulta le han tenido que quitar parte de su feminidad, de su autenticidad, de su derecho a vivir como nace”, recuerda Casilda Velasco desde su experiencia en Burkina Faso. Pero esas miradas de orgullo, esa placidez de pertenecer a la comunidad, casarse y formar una familia acaba a veces por torcerse, precísamente en el momento del parto. Las mutilaciones genitales convierten el alumbramiento en una paradoja donde la vida empieza con la muerte. Existe un alto riesgo de que la madre o el niño perezcan. La infibulación, el tipo más grave de mutilación aunque no el más extendido, sutura los genitales de la niña y permite sólo una pequeña abertura para expulsar la orina y la sangre menstrual. Cuando culmina la gestación, el feto busca una salida que no existe, tampoco existe la cesárea. Contracción a contracción, el niño acaba por morir; y con su corta muerte y su cuerpo corto finalmente lo consigue: “Sale por la vagina, pero a su paso puede romper el recto y la vejiga y crear una fístula, una comunicación entre la vagina y la uretra o el recto. Estas pequeñas de 13 o 14 años no controlan su esfínter, permanentemente salen heces, orinas. La comunidad las rechaza porque huelen mal y siempre van manchando. Es un problema gravísimo, no están muertas pero…”, lamenta Velasco.

El ritual simbólico
Ante este conflicto entre salud e identidad cultural, La Barbera cree que la prohibición sólo acerca al ritual a la insalubre clandestinidad y apuesta por la intervención simbólica como la incisión sin corte propuesta por el ginecólogo somalí Omar Abdulcadir. “Este método supone un pinchazo en los genitales externos bajo anestesia y control médico, no implica una remoción de tejido. Este tipo de proyectos involucra a la comunidad y la convierte en protagonista del cambio, mientras el Derecho Penal ataca sus rituales, su identidad cultural y la criminaliza”. Por el contrario, Casilda Velasco, cuestiona esta carga simbólica: “Se considera que la ablación forma parte de un ritual de paso, pero la OMS denuncia que cada vez se realiza a niñas más pequeñas, incluso de meses; así no recordarán su dolor y lo perpetuarán mejor cuando sean adultas. La solución está en la educación y en la toma de conciencia de sus derechos”.
En Guinea-Bissau la mutilación genital se ilegalizó en junio de 2011, pero no falta trabajo. Es difícil que la ley desarraigue una tradición milenaria en un país que ocupa el puesto 164 de un total de 168 países en el Índice de Desarrollo Humano 2010. Sólo un 12% de niñas completa el ciclo primario de educación. “La concienciación es fundamental, esas mujeres quieren a sus hijas y están convencidas de que las mutilan por su bien, por su integración”, afirma la coordinadora de UNICEF de la Comunidad Valenciana, Teresa Martínez. La activista trabajaba sobre terreno en la escuela de Suzana cuando el gobierno anunció la prohibición. Reconoce que fue un avance que costó años de esfuerzo a los miembros de comunidades como Canquebo y Mancoba, a líderes religiosos que aclaran al pueblo que nada tienen que ver ablación y religión o a las profesoras guineanas que enseñaron a mujeres y niñas que no hay nada que les sobre.

ADEMÁS…
El escenario de la concienciación
Entrevista a José Antonio Otero (los medios y la ablación) 

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