Revista especializada en delincuencia

Los garabatos del abuso

In Prevención on abril 24, 2012 at 7:20 pm


· Los expertos tachan de falso mito que los abusos sexuales cercanos se identifiquen con facilidad

ESTEBAN ORDÓÑEZ/HOPPES Nº9

En el despacho de la terapeuta una mujer, consternada y frustrada, se tantea la frente, agacha los ojos, niega con la cabeza intentando borrar el tiempo, como si pasara hojas al revés, “que no puede ser, que una madre lo sabe”. Pilar, habituada con el tiempo a estas situaciones, coloca una hoja impresa rozando la nariz de su interlocutora: “Léela, dime qué pone”.  La Presidenta de la asociación de mujeres víctimas de violación AMUVI, Pilar Sepúlveda, asegura que “la víctima guarda silencio y el agresor incluso puede convivir con ella; las cosas tan cercanas son difíciles de ver”. Y en un folio como ese es donde a veces se descubre lo impensable, cuando la niña pinta un garabato de socorro.
 

El Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales (CAVAS) de la Comunidad Valenciana organiza concursos de dibujo para los niños: “Nos llegan muy pequeñitos y piensan que vienen a dibujar, luego les damos un diploma, no queremos que en el futuro sufran el estigma por acudir a nuestro centro”, cuenta la directora del gabinete psicológico de la asociación, Beatriz Mergelino. Pintan su casa, el parque, colorean, también dibujan a su familia y, en ocasiones, se olvidan de algún miembro. “¿Porqué no está tu tío?”, pregunta la monitora. “Porque es malo y no le ajunto”, explica el niño observando lo guapos que le han quedado sus padres. “Muchos no son conscientes de que son abusados, nos los traen porque ven algún comportamiento extraño. El dibujo por sí mismo no siempre revela la situación, pero debemos aprovechar todas las señales”, apunta Mergelino.


Las limitaciones cognitivas, sociales y de lenguaje de escolares y preescolares pueden imposibilitar la detección de abusos. Además, en la mayoría de casos la evaluación médica es inservible. Gran parte de las agresiones no implican penetración y, cuando la hay, el tiempo puede haber eliminado los restos. Por ello, la profesora del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Granada, María Rosario Cortés, elaboró una Guía para la evaluación del abuso sexual infantil junto a su compañero José Cantón. “El agresor lo va a negar y nuestro único testigo es el niño, que muchas veces no quiere hablar: cómo se obtenga la información es esencial”, advierte Cortés. La obra investiga la sintomatología del abuso, su autora insiste en la necesidad de conocer las posibles dimensiones del trauma para “detectar indicadores y tirar del hilo”. Además, según estudios de la profesora de la Universidad de Granada, alrededor de un 70% de las agresiones no se descubren, lo que multiplica las secuelas.

Esa no soy yo
La estela de los abusos sexuales es larga y se adensa con el tiempo. Depresión, sentimiento de culpa, agresividad, hiperactividad, bajo rendimiento escolar, falta de concentración. Los agresores las quieren, les dicen que las quieren, y las víctimas confunden el sexo y el afecto, buscan atención en sus iguales con un contacto físico desesperado, así suplican cariño, lo han aprendido, no conocen otra forma. Algunas se masturban compulsivamente. Ocurre también que las manos del agresor parten en dos a la víctima y, en ocasiones, llega a creer que no es ella, que esa que soporta el sobeteo de un adulto es otra distinta a la que abre el estuche y busca el plastidecor rojo, otra distinta a la que limpia los restos de plastilina de sus manos en el babi. Con los años algunas de ellas consumen drogas, se autolesionan, se hunden en la promiscuidad o en la retracción sexual. “El miedo es una de las reacciones más comunes, les aterra comenzar relaciones con chicos, incluso la posibilidad de tener hijos: creen que la persona que sufre abusos acaba cometiéndolos”, expone la psicóloga de CAVAS. Por otro lado, en los abusos que se prolongan en el tiempo existe un riesgo de revictimización: “Si la menor adopta una conducta sexualizada y se insinúa a los demás como forma de comunicación es más fácil que aparezca un agresor distinto. También puede sufrir una indefensión aprendida”, detalla María Rosario Cortés. “Pero estas posibles secuelas dependen de cada caso y aumentan con la gravedad y la duración de los abusos”, matiza.
La cercanía emocional del perpetrador agrava las repercusiones psicológicas. Según el estudio La violencia sexual. Un problema cercano, una solución posible, la mayoría de agresores de niños y adolescentes son familiares o personas de confianza. “No es sólo una situación abusiva, sino que alguien en quien confías te ha fallado”, insiste la profesora de la Universidad de Granada.

No es por placer
La investigación Naturaleza de los abusos sexuales a menores y consecuencias en la salud mental de las víctimas revela que el uso de la fuerza y las amenazas es minoritario, sólo en un 15% de los casos. Los agresores utilizan su posición de autoridad, el engaño, el chantaje afectivo, el soborno o los juegos. “Son simpáticos y agradables con los pequeños, están en su entorno y establecen una intimidad con ellos. Para el resto del mundo son personas afables y sin riesgo”, analiza Pilar Sepúlveda. Por su parte, Beatriz Mergelino, aclara que los agresores no buscan satisfacer su instinto sexual, sino humillar y controlar a la víctima: “Muchos no llegan a eyacular”. Normalmente adolecen de baja autoestima, dificultad para el control de la ira y para establecer relaciones con mujeres de su edad: “Abusan de menores y adolescentes para compensar sus carencias”, sugiere la psicóloga de CAVAS.
La implicación en el delito de alguno de los progenitores agudiza los daños y dificulta las terapias ya que los tratamientos resultan más efectivos complementados con el apoyo de las personas allegadas. La profesora de la Universidad de San Rafael-Nebrija, Begoña Carbelo, acumula más de 15 años investigando el estrés post-traumático y las emociones positivas. Entiende que el abuso deja un rastro duradero, pero se puede disolver y ajustar sus efectos: “Es posible hacerle frente si logramos que las personas afectadas tomen conciencia de sus capacidades para aliviar las repercusiones indeseables de las experiencias pasadas”, propone Carbelo. Asociaciones como CAVAS o AMUVI siguen este camino combinando terapias individuales y grupales con acciones de prevención en centros educativos y familias. La autora de El arte de concienciarte. Impulsa tu vida, Begoña Carbelo, va más allá: “Hay que enseñar a prevenir catástrofes emocionales, incluso un hecho traumático puede suponer un crecimiento personal”. Sucede así en muchos casos, según Mergelino, la terapia induce a una reflexión que aporta a los menores una madurez temprana, descubren lo importante de la vida. El enfoque de la resiliencia y las emociones positivas habla de que las “corrientes de conciencia” dejan surcos en el cerebro que configuran el prisma que procesará los sucesos futuros. Por ello es primordial para todos estos menores, para todas las víctimas de la humillación, disfrutar los momentos de vida que sí merecen un trozo de papel y un garabato.

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