Revista especializada en delincuencia

De la leyenda a la reyerta

In Delincuencia de menores on marzo 6, 2012 at 7:18 pm
ESTEBAN ORDÓÑEZ/ HOPPES Nº9

Las investigaciones revelan que las bandas juveniles no son el conato de delincuencia organizada que se proyecta en la sociedad

Se entienden. Si se enfrascan en una reyerta, si se buscan el respeto, se entienden. Luego unos hablarán de pelea, otros de pito; lo mismo es. Habrá felicitaciones o quizá pensamientos de venganza, choques de manos que más parecen un juego secreto de trileros. Pero a ambas partes, los jóvenes sentirán cómo el amarillo chillón, los pañuelos de la frente, las botas de punta reforzada o las bombers les echan raíces en la sangre. “La jerga es distinta, pero la semántica es la misma: la cultura del respeto. La vida del grupo es una constante búsqueda de prestigio mediante la comparación con otras pandillas”, afirma Bárbara Scandroglio, catedrática de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Madrid. Sin embargo, esta escena es parte del mito, de la asunción por parte del grupo de la imagen violenta proyectada desde los canales de comunicación social. La violencia, como apunta el profesor de la Universidad de Lleida y Doctor en Antropología Social, Carles Feixa, “es un instrumento de cohesión, pero no un aspecto central de la vida del grupo”.

Carles Feixa, autor de más de 25 libros sobre jóvenes y pandillas, investigó las bandas y tribus urbanas españolas de los ochenta y viajó a Ciudad de México en 1991 para trabajar con grupos de jóvenes punks: “Los medios retrataban a estos chicos mexicanos como auténticas bandas de delincuencia organizada, pero mi trabajo de campo me demostró que, aunque a veces había vínculos con la pequeña delincuencia, eran jóvenes normales y, además, con una intensa actividad creativa a través de la música y el graffiti”. Por eso, cuando se adentró en las pandillas latinas dudó de los mitos que ya merodeaban en la prensa y la sociedad, y de nuevo comprobó la distorsión.
En los años 20, William Thomas, sociólogo de la Escuela de Chicago, acuñó la idea de la profecía que se autocumple. Según Thomas, cuando se define una situación como real, esa situación es real en sus consecuencias. Las bandas juveniles demuestran esta teoría. A menudo se apropian de la visión negativa y la acoplan al grupo como un valor supremo. Lejos de dilapidar los argumentos de la banda, estas leyendas aumentan su atractivo. “Algunos jóvenes me confesaron que habían ingresado en estos grupos porque periódicos y televisiones empezaron a hablar de ellos como una cosa muy oscura y peligrosa. Y la adolescencia es una etapa de exploración del riesgo”, afirma Feixa.

Los símbolos son uno de los principales factores de unión de las bandas juveniles (Eric Molgora '20 minutos')

El mito de la homogeneidad
Según estudios, como los realizados por los investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), la estética y el lenguaje son los únicos elementos realmente homogéneos en las pandillas. Niegan también esa ‘obediencia ciega’ a los líderes que según la magistrada del juzgado primero de menores de Madrid, Concepción Rodríguez González del Real, los convierte en una cantera de la delincuencia organizada. “No existe una conexión entre las organizaciones juveniles y el crimen de alto nivel. Depende de las condiciones de cada miembro. Por otro lado, la obediencia dentro de las agrupaciones no supera a la que vemos en los bancos o los partidos políticos”, asegura Jorge López, catedrático de la UAM. Las bandas tampoco se rigen por un sólo perfil étnico ni social. Dentro de los Latin King hay ecuatorianos, dominicanos, españoles e incluso nacionalidades que no comparten lengua vernácula como china, marroquí o rumana.
Los jóvenes inmigrados no traen un sentimiento arraigado de latinidad. Para Feixa, “no es lo mismo ser indígena que mestizo, o ser de Perú o Colombia; sin embargo, llegan a España y los centros escolares, los medios de comunicación y el entorno social los tratan como si compartieran una única cultura. Finalmente, construyen un sentido de comunidad nuevo. Lo llamamos etnogénesis”. De nuevo, la profecía se autocumple.

Barrera generacional
Los investigadores coinciden en que la barrera de entrada no es étnica, sino generacional. El factor común entre los miembros de las organizaciones juveniles es la desarmonización entre los ámbitos de comparación del adolescente. Ginesa Torrente, experta en familia y conductas antisociales, explica que la conducta de los jóvenes depende, en gran medida, de la familia, la escuela y el grupo de iguales. Los jóvenes que atraviesan un proceso migratorio complicado pasan mucho tiempo separados de sus progenitores, se desarraigan y, ante la soledad, la banda es un cálido refugio que, además, les otorga la proyección social que estaba estrangulada por esa doble marginación de ser joven e inmigrante. A ello se suma la propia evolución psicológica del adolescente. “Hay un momento en que se independizan de las figuras familiares de apego, reducen la comunicación y pasan al ámbito de influencia de los amigos. A veces, el proceso lleva consigo un conflicto que favorece la aparición de conductas inadaptadas”, analiza Torrente.
En la pandilla, los chavales son órganos de un cuerpo que tiene peso en la sociedad, son capaces de sacrificarse por cualquier miembro en peligro, procuran el prestigio de su pequeña cultura; son útiles y tienen nombre. Los ataques unen al grupo, lo agrandan. Por eso, los investigadores miran con recelo una solución únicamente policial. “La actuación policial no soluciona el problema de base, la intervención coercitiva alimenta el discurso del grupo”, expone López Martínez. “Los casos de muertes por enfrentamiento entre Latin King y Ñetas sucedieron en una escalada de violencia tras dos desarticulaciones de la cúpula de los primeros. Los propios policías han reconocido que con este método el fenómeno resurge al cabo de dos años, y con más virulencia”, recuerda Bárbara Scandroglio. Así, los expertos abogan por una intervención conjunta entre expertos y policía comunitaria. Este cuerpo especializado está integrado en el contexto de los jóvenes y conoce sus recursos y justificaciones: “Pueden combinar una acción preventiva y de control que permita canalizar las acciones y la necesidad de expresión de la banda”, insiste Jorge López. Uno de los éxitos de estas políticas es la constitución de parte de los Latin King como asociación cultural en Barcelona.
La acción represiva sobre el fenómeno culmina con la aplicación del delito de asociación ilícita. “Hay jóvenes que están en prisión sin más delito que la pertenencia a la agrupación. Esto les confirma su situación de aislamiento y discriminación. Entonces sí, se convierten en los delincuentes que queríamos evitar”, lamenta Scandroglio.
De esta manera no aprenden un discurso distinto al de la violencia que, como declara la profesora de Psicología Social de la UAM, “tiene esa facilidad para establecer quién es el más fuerte, el más respetado; aquí y ahora”. Y siguen entendiendo que hay que defender el territorio, su pequeña parcela de asfalto en el barrio de la sociedad. No se olvidan de que las peleas o los pitos son algo más que una leyenda: la única verdad que ensalza su identidad.

 

Artículos de contextualización:
La generación de los espacios privados
Entrevista a Ginesa Torrente

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